Yo soy estudiante de Educación Inicial, y desde que empecé esta carrera he aprendido que ser docente hoy en día es muy diferente a como era antes. En el siglo XXI, ya no basta con saber enseñar letras o números. Ahora, el maestro tiene un papel mucho más amplio: debe educar con el corazón, con compromiso, y también con conocimiento actualizado.

La identidad docente, para mí, es saber quién soy como futura maestra, cómo me veo en mi rol, qué valores tengo y cómo quiero enseñar. Esta identidad no nace sola; se forma con el tiempo, con las experiencias, con lo que aprendo en mi Escuela y en mis prácticas. Según Tenti Fanfani (2007), la identidad del maestro se construye día a día, en el aula, en el contacto con los niños y con la comunidad. Es como sembrar una planta: uno la cuida, la riega y va creciendo.

Hoy también tenemos nuevas responsabilidades. Una de ellas es saber usar la tecnología. Ahora los niños aprenden rápido con el celular, con videos, con imágenes interactivas. Por eso, como dice Cabero (2008), el docente ya no debe ser solo el que habla y explica, sino un mediador, alguien que guía el aprendizaje con herramientas modernas. Por ejemplo, si quiero enseñar los animales, puedo mostrar un video en quechua y español, y así los niños aprenden mientras se divierten y se sienten parte de la clase.

Otra responsabilidad importante es ser empáticos y comprensivos. Ya no se trata de imponer autoridad, sino de acompañar al niño, escucharlo, respetarlo. Como decía Paulo Freire (1997), enseñar no es transferir conocimientos, sino crear posibilidades para aprender juntos. En mi práctica, he visto cómo una maestra dejaba que los niños decidan con qué juego empezar, y eso les daba seguridad y alegría. Me hizo pensar que un buen docente también debe ser flexible.

También debemos tener compromiso con la comunidad. En Ayacucho, muchos niños vienen de familias que hablan quechua, o viven con sus abuelitos porque sus papás están trabajando lejos. Un buen maestro del siglo XXI no puede ignorar eso. Debe hablar con las familias, entender sus costumbres, adaptar su enseñanza. Por ejemplo, si un niño no viene a clases, no basta con decir "está faltando", hay que preguntar por qué, visitar su casa si es posible, y buscar apoyo.

Además, un docente actual debe seguir aprendiendo siempre. No podemos quedarnos con lo que aprendimos en primer ciclo. Hay nuevas estrategias, nuevos materiales, cambios en la educación. Debemos capacitarnos, leer, observar a otros maestros y seguir mejorando. Es parte de nuestra responsabilidad con los niños y con nosotras mismas.

En conclusión, ser docente del siglo XXI no es solo una profesión, es una vocación que requiere amor, paciencia, empatía y preparación constante. Nuestra identidad se va formando con lo que vivimos y lo que sentimos como educadoras. Tenemos la gran responsabilidad de enseñar, pero también de escuchar, guiar, usar la tecnología, respetar la cultura, trabajar con las familias y adaptarnos a los cambios. Yo quiero ser una maestra que no solo enseñe contenido, sino que forme personas, que acompañe a los niños en sus primeros pasos con cariño y respeto. Porque los maestros no solo enseñamos, también dejamos huellas para toda la vida.



Bibliografía

  • Cabero, J. (2008). Las tecnologías de la información y la comunicación en la formación del profesorado. Sevilla: Universidad de Sevilla.
  • Freire, P. (1997). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. México: Siglo XXI Editores.
  • Tenti Fanfani, E. (2007). El oficio de docente: Vocación, trabajo y profesión en el siglo XXI. Buenos Aires: Fundación OSDE.